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27 diciembre 2013

Espectro visible







Tinta roja
Me han preguntado si todavía odias la Coca-Cola. Me dicen que si probaste el café antes de irte. Creo que sigues odiando la Coca-Cola y espero que no hayas probado el café. Quieren saber si alguna vez te has puesto tacones o si supiste bailar en público la coreografía de la canción “Macarena”. Les he dicho que aún no has hecho nada de eso y les he preguntado si realmente te conocían o si son, simplemente, personas curiosas.

Les he sugerido que te busquen porque sé que te va a hacer ilusión saber que alguien quiere saber de ti, aunque tan solo pregunten sobre asuntos triviales. Les he recomendado que sería mucho mejor que esas cosas las dejaran atrás y hablaran contigo sobre tus cursos de cocina de dulces navideños. Todavía recuerdo lo bien que nos lo pasábamos intentando hacer cordiales. También he pensado que podríais charlar sobre tus veranos en el extranjero. Me parece que te hará bastante feliz recordar los momentos de risas. No les he dicho que discutáis sobre política, ni religión, ni fútbol. Así, creo que te saco de un aprieto.

Suki, espero que no te enfades. Quieren conocerte, y no quieren herirte. Te ven frágil y piensan que te quiebras. Comprende que ellos no saben que tú has vencido dos batallas, que has nadado tres kilómetros en el agua congelada de Nueva Zelanda o que vives sola desde hace cinco años. Eso ellos no lo saben. Yo te conozco y quiero que no te hagan daño.
Tinta violeta
No sé si he conseguido protegerte. Ahora eres papel mojado. Tienes que secarte, y, por favor, no olvides dejar la llave puesta detrás de la puerta cuando estés en tu apartamento. Los que preguntan por ti también quieren raptarte. Por eso, coge la línea de metro número tres. Sal por la boca que da a la calle San Bonifacio. La que está en frente de donde vive esa compañera tuya con la que compartes mesa en la asignatura de Análisis de los efectos de los medios de comunicación. Pisa solamente los escalones pares. En la cabina telefónica. Ahí.

16 diciembre 2013

Compensación y reposición


El viernes perdí las llaves de mi coche y también las de mi apartamento. Iban en la misma anilla. Eso ocurrió por la mañana, pero por la tarde perdí la tarjeta de crédito. Y también perdí el monedero que la protegía. El sábado se me olvidó el móvil en la cafetería de enfrente del hotel en el que me hospedaba desde el día anterior. Cuando me di cuenta, a las cuatro horas, volví y me dijeron los encargados que no habían visto ningún móvil sobre ninguna de las mesas. Aún me quedaban 40 euros en el bolsillo. Gasté tres para poder conectarme al internet del hotel durante media hora. Alguien había hackeado mi cuenta de correo electrónico y la de Facebook. No podía contactar con nadie. Ya tenía dolor de cabeza. Me mareaba. Tenía 37 euros y por cada noche tenía que pagar 35. No iba a poder estar más tiempo en esa habitación. En el minibar había una tableta de chocolate blanco, dos botellas pequeñas de whisky, un bote de olivas rellenas de anchoa, dos bebidas energéticas, y tres refrescos. Todos esos artículos costaban más de dos euros. Por el más barato tenía que pagar cuatro.

Encendí la televisión. Me tapé con las sábanas blancas y duras. Doblé la almohada en dos. Mi cabeza se encontraba en una altura mayor que la mis pies. Cambié de canal varias veces: un videoclip de música sueca, cómo preparar una receta de cocina española, un documental sobre la caída del muro de Berlín y las noticias en checo. Tenía frío y me tapé con la colcha a conjunto con las cortinas. El color violeta estaba estampado en unas flores bordadas a máquina. Dormí con la televisión encendida. El techo chocó con el suelo. Una pared se pegó a la otra. La ventana con cierre de seguridad estaba abierta y fuera había un zorro sin ojos. Yo llevaba la misma ropa que el viernes (y el sábado) y todos mis objetos perdidos estaban repartidos por mis bolsillos. Recuperé, además, el mechero rojo que olvidé en el jardín de detrás de la casa de mis abuelos, el pasaporte que me robaron en Milán, los auriculares que olvidé en el tren y las llaves del candado de mi primer diario. También me devolvieron arreglado el disco duro en el que guardaba todas mis fotos hasta el año 2006.

01 diciembre 2013

Losas y ladrillos

Cuando llegó a la ciudad se dio cuenta de que no tenía su carnet de identidad en su bolsillo derecho. Riho no se reconocía, ni nadie la podía identificar. No se acordaba ni de cuándo era su cumpleaños ni de quiénes eran sus padres. Esto no era la primera vez que le pasaba. Ahora, no sabía de qué país venía. Se encontraba en otro lugar sin saber cuál era su domicilio oficial. Riho solo pisaba los adoquines de tono marrón claro. De esos había muy pocos en esa ciudad romana. Casi todos eran negros, entonces decidió andar por la acera moderna. Se montaba en los autobuses sin pagar. Nadie se daba cuenta de que ella estaba allí. Riho normalmente dormía en los portales de las residencias universitarias. Tierna y confiada.

Era joven, tenía el pelo liso, de color negro y con algunos reflejos cobrizos. Tenía pánico por las arañas y le gustaba vestir de blanco. Todos los días madrugaba para que nadie supiera que había estado durmiendo un par de horas en una zona prohibida. Menos mal que no había cámaras y también, menos mal, que nadie salía de ese edificio de 3 a 6 de la mañana. Era un lugar seguro para poder reconstruirse del frío. Cada vez estaba más delgada y cada vez sabía más cosas de ella: “Me gusta el pescado crudo, me encanta acariciar a los gatos blancos, me gusta beber lo que queda en las botellas abandonadas por las calles”. Riho tenía sed. Le daba igual qué tragar. Tan solo quería notar por su garganta el calor de los líquidos a temperatura ambiente. Zumo de lo que fuera, leche semidesnatada, vodka, vino especiado, agua o té tawainés.

Necesitaba ser el continente de los fluidos. Por lo menos, así, algo se desplazaría por el interior de su organismo. Esos líquidos la activaron y dejaron que se acomodara para siempre. Ya no le hacía falta buscar las baldosas más claras. 

DIAGNÓSTICO:  “Intoxicación en su oeste”

15 septiembre 2013

De vuelta

Vengo para irme. Vuelvo para avisar de que os habéis dejado la plancha encendida. De que el ventilador mueve el aire y no hay nadie. Las persianas están subidas. El sol ilumina la habitación y la lámpara también.

Aviso del malgasto. De que habéis olvidado ver los dos últimos capítulos de esa serie norteamericana y de que aún no hemos visto esa película todos juntos. Os recuerdo que este verano no nos hemos bañado en su piscina y que tampoco hemos ido a la playa. No hemos cumplido.

No nos hemos tomado ningún helado, porque pasa frío por la garganta. Y me voy.

Sin despedidas.

[Porque tampoco nos gustan]